Publicado el 6 de abril de 2007
Hace algo más de un año lo
entendí: Soy un animal. ¿En estado salvaje? ¿Por qué tanto escándalo por una
palabra que significa ‘en estado puro’? Bueno, tal vez no soy TAN salvaje… He
estado sometido demasiado tiempo a la convivencia con seres humanos, en una
pequeña gran jaula, llamada ciudad.
Lo descubrí. Encontré mis alas, que
me iban a permitir volar y protegerme del frío, de entonces en adelante.
Encontré un olfato agudo que me permitiría presentir los problemas y presentir
con asco el miedo de otros… Hallé garras, hallé colmillos…, incluso me herí a mi
mismo con ellos… Aprendí a usarlos y en el aprendizaje, herí a quien me quiso.
Pero también herí, y con mayor fuerza a seres despreciables que intentaron
acercarse.

Lo descubrí a base de soledad, porque a los animales la soledad no nos asusta.
No siempre nos incomoda. Son los seres humanos los que se asustan con ella, porque se encuentran consigo mismos, y generalmente no se gustan. Por eso
necesitan encontrarse con otros, que los acepten, que los respalden, porque
ellos, simplemente, no se gustan y a veces, ni se toleran.
Lo que hacemos
cuando nadie ve,
sabe a libertad.
Entre el aire, el suelo, tu y yo
hay complicidad
[1]
cuando nadie ve,
sabe a libertad.
Entre el aire, el suelo, tu y yo
hay complicidad
[1]
Lo descubrí una noche en que me observé al espejo y estaba sólo. En ese momento
noté que no me incomodaba el silencio, no me
dolía el vacío. Mis aullidos reclamaban mi territorio, pero no llamaban a
ninguna hembra esa noche. Mis zarpazos eran meros reconocimientos de mi ser
agresivo.Me observé y encontré soledad e
independencia, no como condenas, sino como opciones. Animales:

Juegan a la suya sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás...
Con el sol a cuestas, fiel a su destino y a su parecer.
Sin tener horario para hacer la siesta,
sin rendirle cuentas al amanecer.[2]
La noche avanzaba y yo estaba sobre los tejados, literalmente. En una ciudad que no era la
mía. Inmóvil, amo y señor de todo. Inmóvil, sumiso a la luna. Inmóvil, dueño de
nada. Inmóvil, hipnotizado por selene. En la calle unos dos borrachos se
abrazaban para no desplomarse, y avanzaban en sentido opuesto a mi atenta
mirada… Se perdían calle abajo tras una curva, los faroles jugaban con sombras
que me mostraban la presencia de otros animales, menos humanos. La mirada de un
gato se encontró con la mía desde el tejado de enfrente. Miramos a los
borrachos y volvimos a cruzar miradas. El pequeño desapareció saltando hacia
otros techos, y yo lo observé alejarse, igual que la pareja de ebrios que se
perdía en un horizonte no lejano.
Las imágenes me llueven a la mente… Soy un poco de
todos: Un águila en una cornisa, un toro de lidia en un inmenso verde, un lobo
estepario, un león durmiendo la siesta, un dragón escondido adaptándose al
medio o volando sobre una arboleda, un caballo en pleno galope cuesta abajo, un
leopardo en acecho, un pit-bull colgado del cuello de su presa… Soy uno solo:
Un fénix ardiendo sobre todo y volando en picada, amagando estrellarse contra
el planeta.
Soy un animal nocturno, que aparece y desaparece, entiendo de instintos. No
entiendo de perdón. No lo quiero, ni lo busco, ni lo reclamo, ni lo ofrezco.
Tampoco le doy trámite. De poco sirve el arrepentimiento. No lo necesito. Los
daños ocasionados hay que pagarlos.
Busco hembras como cualquier
macho. Y las busco, como ellas buscan a los machos de su especie. Pero de
momento es difícil encontrarlas, porque es difícil definir mi especie. No hay
prisa. Los instintos dictan los caminos y nunca me han fallado, la razón es la
que se tropieza.
No soy de huir a mis enfrentamientos. ¿Para qué? Me terminarían encontrando. El
cobarde muere muchas veces.[4] No me
provoca huir, prefiero correr hacia donde están mis problemas. Me muevo por
instinto, como los genios, los locos, los artistas y los grandes animales. De
ese grupo, me parezco más a los menos consagrados. Un genio es un loco con
éxito. Un artista es un loco que le perdió el miedo al fracaso. Aunque,
extraoficialmente, también resalta mi locura, soy solamente una especie en
extinción.[5]
[1]
[2] Callejero, Ataque 77
[3]
[4] Otra de esas máximas, fabulosamente usadas por Jorge Valdano en uno de mis libros preferidos. ‘El miedo escénico y otras hierbas’.
[5] Piensa en mí, de vez en cuando porque soy una especie en extinción, prestado de Mikel Erentxun.




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