jueves, 31 de mayo de 2012

8. Una vida juntos – (Siempre nos quedará París)

Nunca pude conseguir que se nos pegaran las sábanas. Solíamos despertar temprano y mirarnos a los ojos en silencio por una veintena de minutos. A veces el cansancio me podía más y solamente tenía fuerza para mirarte por el diminuto espacio que me queda entre los párpados para que mi pupila aparezca, tan temprano en la mañana, y por donde alcanza a entrar algo de luz.  Todo este esfuerzo para que aparezca algo de TU luz, algo de la sonrisa burlona con la que me miras cuando te pongo mi cara de dormido. ¿Recuerdas que te solías levantar muy temprano? Debías marcharte. Odiaba que me dejes con las ganas de desayunar juntos. 

Conforme se acercaba el fin de año despertábamos más pronto.  El calor no se podía tolerar. Aunque dormíamos más en invierno, sin duda. Es extraño vivir en un país que tiene el clima de cabeza.  Me había acostumbrado a la blanca Navidad, no a una sudorosa y cálida Navidad,  cargada de mosquitos y humedad.


Dormíamos más en invierno, que en julio y agosto era casi insufrible. El invierno se notaba en las paredes. Bastaba con tocarlas para saber que pese a la calefacción central estábamos viviendo en lo que yo consideraba un iglú. Empeoró cuando el sistema de calefacción se estropeó, y la casera, con ese estilo tan suyo de exigir y no exigirse, no apareció cuando más la necesitábamos. No era de extrañarse. Ni se me hizo extraño dormir tan abrazados. El frío parecía desplomarse sobre las cobijas, desde entonces más pesadas, aplastando nuestros cuerpos. A vos se te daba por calentar tus pies frotando tus medias contra mis tobillos, produciendo una fricción molesta que temía termine por encender en llamas la madera de la cama o me despelleje las piernas. Yo fingía que no me molestaba sin apartar mis ojos de la televisión. ¡Vos y tus medias para dormir! ¡Un atentado a la moda que hasta tu mejor amiga desconoce!

Las noches del sábado pasaban entre algún bar con los amigos, un restaurante cerca del río o eran solo noches de dos y  para dos; eran noches a puerta cerrada, de te amos remordidos y de alaridos silenciosos, de escalofríos y movimientos espasmódicos de amores veinteañeros… Eran noches que paulatinamente se fueron transformando en largas conversaciones sobre temas trascendentales como el amor, la vida, y los niños; sobre el trabajo, sobre Juanito y su esposa y algunas otras parejas de amigos...  Era como jugar un rol para el que nuestros cuerpos jóvenes y hermosos aún no estaban listos. Envejecí. Envejeciste. Envejecimos en pocos meses, en solo unos días, envejecimos tras un par de discusiones de esas que se pudieron haber evitado, pero no quisiste. Eres caprichosa. Lo sabes. Soy caprichoso, lo sé. Pero no soy ingenuo y sabía perfectamente algo que vos no: A dónde nos llevaba tu capricho, y a donde te seguiría el mío.  Envejecimos. ¿Ya no te gusto? Envejecimos irremediablemente. ¿Ya no me quieres? Envejecimos, me animo a creer, sin retorno.  ¿Te gusta otra? ¿Te enamoraste de otro?  Envejecimos y fue tu culpa y mi estúpida complicidad.  Envejecimos y nos agarró la crisis de los cincuenta a tus veintiseis años y a mis treinta con algunos chelines.  ¿Y ahora qué hacemos, amor?   ¿Cómo te digo que cuando huelo tu cuerpo aún siento ese deseo irrefrenable de cogerte? ¿Cómo te digo que aunque te mates en el gimnasio aún conservas intactas las pequeñas pero exactas curvas con las que te conocí, de las que me enamoré y que me torturaron aquellos días, meses, años y horas que decidiste someterme a prueba con tu ausencia?  ¿Cómo te digo que tu cabello cae exactamente igual que aquella noche en que bailabas a diez metros de mí en el boliche ese al que tanto te gustaba ir donde solo tocaban música electrónica de esa que pasada la media hora me aburre? ¿Cómo te cuento que esa noche me quise ir a la mierda varias veces, porque el aburrimiento y la frustración eran grandes, pero que verte bailar, soberanamente mal, fue la cosa más sexy y encantadoramente espontánea que vi en mi vida hasta entonces?  ¿Cómo hago para destrabar todo lo que siento ante esta rutina en la que parece que parafraseáseamos o imitásemos a tus padres, olvidándonos que seguimos siendo niños y que deberíamos estar jugando en el jardín?


Amor, no hay mucho que imitar. No hay casi nada que parafrasear. Es tan poco lo que he escuchado hablar a tus padres entre si, que parece que nos toca improvisar el guión. Somos tan diferentes a tus padres, que no podríamos actuar como ellos. Pero, de repente, se me hace que somos tan parecidos, que me encojo ante tan contundente evidencia que el tiempo nos metió un golazo por la escuadra. 


Hace dos días éramos libres, tu y yo. Por dos días fuimos libres. Dos días antes de eso, vos eras libre sola y yo era esclavo de mis deseos. Y ahora no distingo lo que es la libertad. Me confunde lo que veo. Te doy tu espacio, me das mi tiempo… Tienes mi espacio, invado tu tiempo y a momentos me parece divisar los limites de la gigante jaula que no sé si nos atrapa o nos protege.

Había noches en que nos daba por descorchar un Malbec, y arrancar con la filosofía y la dialéctica a las dos de la mañana cuando quedaba ya solo una media copa de vino esperándonos en el fondo de la botella… ‘La vida se trata de…’, ‘La felicidad es…’ ‘La mejor forma de vivir es…’ , ‘El sistema táctico que mis equipos deben aplicar sería…’ , ‘la mejor época de la historia fue…’, ‘Las tres mejores películas que vi…’ y cada cosa que decíamos quedaba ahí, flotando, en una especie de perfecta incompletitud, quedaba colgando en una laguna mental en la que te gustaba que te bañe. Esa laguna en la que no nos mentíamos, pero tampoco sabíamos si lo que habíamos dicho era verdad, o si era ‘LA verdad’. A veces las pienso como frases tiernas y de dudosa utilidad que nos sirvieron para cubrir el ‘time-out’ de nuestras madrugadas.

Y entonces, lo reconozco, me asusté. Yo, me asusté, no vos. Vos siempre fuiste más valiente, pero también más inconsciente. Será que vi que simple y mediocremente estábamos resistiendo, como que si lo que contase fuera aguantar juntos, pese a todo…  Creía que resistíamos porque nos amábamos, y no que nos amábamos porque resistíamos… Lo reconozco, me asusté yo primero, porque no sé resistir así. Yo siempre jugué de volante de creación y hasta de falso nueve, aunque nunca fui falso. Por eso volví a la creación y ahora me pedías que contenga, que retenga, que meta la cola atrás… ¿Cómo se hacía eso?  ¿Cómo se hace? Dímelo, que nunca aprendí.



¿A qué edad exactamente uno se hace tan mayor, que deja de soñar y se vuelve un viejo tan amarga Y estúpidamente pragmático?  Me niego a olvidarme de mis sueños, me niego a que te calles los tuyos.  Anoche te vi mirar a nuestro hijo a los ojos mientras dibujaba. Te ví esa sonrisa tan tuya y tan eterna, cuando él te contestó que quería ser arquitecto cuando sea grande… ‘como vos, mamá!’ No sé si ese sueño siga intacto o no en su futuro, no sé si son las frases típicas que sueltan los nenes cuando nenes desde su inconsciente, para que la mamá se babee por ellos…. Solo sé que te vi soñadora otra vez. No entiendo tu existencia en mi vida sin tus sueños.


Se nos pasa la vida volando. Yo te amo como el primer día. Rejuvenezco amor.  Es un ida y vuelta. que  va más allá de la reciprocidad, no lo haces por devolvérmelo. Me amas porque te nace y porque me lo merezco. Vos mereces que te amen, que te cuiden, y que caminen de tu mano, a tu lado, por este camino tan difícil que hemos seguido, de ida y vuelta, por los años que aún no vienen y que vendrán.  Yo te amo casi igual, pero decididamente, un poco más.  Ahora recuerdo que habíamos olvidado  no cortar tus alas y no impedir mi vuelo… Habíamos olvidado confiar, creer, dejarse caer porque la alas nos iban a responder, porque el otro nos iba a levantar, sin sujetarnos, porque el que sujeta protege, pero también coarta. Habíamos olvidado hablar de ese vuelo conjunto que teníamos pendiente, del viento y del sol derritiendo nuestras alas de cera y de esa monumental caída libre que son los incontables orgasmos que te dediqué y que me regalaste. Ya lo sé… No volamos tanto como nos lo prometimos, pero volamos y seguiremos haciéndolo y eso cuenta.  Hemos sido felices. Contigo envejecí y volví a la juventud en algo más de dos días.


Amor, me hubiese gustado viajar alrededor del mundo con vos.  Barcelona nos espera. Sidney preguntó por vos.  No concibo Praga sin ti. Hasta que te conocí no imaginé San Sebastián como destino. Te amo. Nuestra casa está aquí.  Siempre nos quedará París… Te lo dije una vez, y te lo repito aunque ya sea cliché… Siempre nos quedará Paris.

La vida es extraña, pero generosa si terminas aceptándola. Te debo mucho… Me debes tanto…. Me salvaste de una muerte oscura, Te salvé de una vida vacía…. Y en el pedestal me queda las dos veces que toqué tu pancita pipona sintiendo esos cuerpecitos latentes, creciendo, ansiosos por nacer, ansiosos como vos, querían correr antes de caminar.



Amor, envejecimos otra vez.  Esta vez lo hicimos bien. Ha pasado mucho más de dos días en la vida. Estás hermosa tu cabello aún conserva la misma gracia que aquella noche en el boliche, solo que ha cambiado su color. Ahora escribo más despacio porque tengo dificultad para encontrar las letras sobre el teclado.  El mundo se hizo un lugar muy grande, se volvió una coartada por demás repetida y vulgar de los sueños que tuvimos que otros copiaron. Pero ‘NUESTRO mundo’ se hizo mucho más pequeño. Ya pasamos la vida juntos, de todas formas. Mi amor. Comenzamos juntos la historia y es muy posible que así la terminemos. Habrá un último beso que nos conforte si no hay eternidad, o que sirva de antesala para lo que vendrá, o nos sirva de consuelo si es que el otro se adelanta en el viaje sin regreso.   Duerme, mi amor. ¡Qué buena vida ha sido la vida, esta vida!  Duerme mi amor, que Paris nos espera en sueños… Te lo dije ya, aunque suene a cliché: Siempre nos quedará Paris.

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