Yo fui víctima de bullying o acoso escolar. Es un tema del que no hablo mucho, pero sin duda marcó mi forma de ser por mucho tiempo. Es difícil que un tema así no te deje huella y más cuando se lo vive en los tres niveles que este negativo fenómeno se presenta: psicológico, verbal y físico, de forma reiterada y por un período considerable.
En mi caso, el período comenzó temprano. Recuerdo claramente que niños mayores nos golpeaban a mis amigos y a mi cuando tendríamos unos cuatro años. Éramos atacados por un grupo de niños más grandes que siempre se nos acercaban por sorpresa en el patio de atrás del jardín de infantes, y nos zurraban hasta dejarnos tendidos entre la tierra y la hierba que circundaba la zona de columpios. Recuerdo claramente un sabor metálico impregnado a la tierra del patio trasero y lágrimas más amargas que saladas al confundirse con pedacitos de hierba que entraban a la boca. Recuerdo abrir los ojos cuando la pequeña tormenta de golpes había cesado. No olvido el ver a otros niños tendidos, y llorando, como yo, a pocos metros de distancia de donde estaba sacudiéndome el polvo de los pantalones y recuerdo con mis pequeñas manos sucias haber limpiado mi cara. Mis compañeros se veían al principio algo borrosos, talvez producto de las lágrimas, pero luego aparecían tan claros y tan humillados, como yo. Ningún niño debería vivir eso, pero no fui el primero, ni seré el último, y eso es todavía más triste.

- ¡Quiero que muevan ese arco al otro lado de la cancha! – ordenó sin siquiera presentarse.
- ¿Qué? Nosotros estamos jugando acá. No pusimos el arco ahí. – le dije sin entender nada, mientras mi amiguito ya había percibido que algo raro pasaba.
- ¡Múevanlo ya! - Insistió golpeándonos mientras los matoncitos nos sujetaban.
- ¿Estás loco? ¡No soy superman!
- ¿Ah, si?, bueno ‘superman’, muévelo solito.

Callé las agresiones. No sé la razón. Talvez era una mezcla de vergüenza y de miedo, porque el dolor siempre era mayor por dentro. Quizá era esa sensación de debilidad física e interna que se traducía en la impotencia de no poder defenderme y convertirme en presa fácil del Roña Noboa. A veces, no quería que llegue el recreo, ni la hora de salida. Tampoco quería ir a clases y los domingos solo lograba conciliar el sueño casi de madrugada porque me atormentaba la idea de lo que tendría que enfrentar al día siguiente o no, si me lo encontraría en los pasillos, en la cola del bar antes de comprar un sándwich de queso caliente de los que preparaba Don Rafa y que si el gordo aparecía terminaría en sus manos o en el piso, dependiendo del hambre o el capricho con el que viniese.
Siento pena del niño que fui. Siento vergüenza de admitir que no tenía la fuerza moral, ni el valor para defenderme en ese momento. Recuerdo que fueron pocas veces las que supe defenderme de chicos más grandes que yo, pero fueron veces memorables. A veces me defendí de niños que me superaban en tamaño y me doblaban en edad, y aún llorando y lleno de miedo, me enfrenté y salí victorioso.
Pero no con el Roña. Con Noboa y sus secuaces no era posible. Fueron años maltratándome de forma sistemática, comiéndome la moral, el orgullo y el valor. Era un chico asustado. Callé. Y otros callaron por temor a que les pase lo mismo, ellos también deberían recordar este suceso con cierta vergüenza. Otros actuaron con indiferencia y deben sentir aún más vergüenza. Pero aquellos que fueron cómplices o incluso los que fingieron o se vanagloriaron en una falsa defensa de los débiles, cuando nunca aparecieron, son los que peor deberían sentirse.
El bullying o abuso escolar se caracteriza por el uso excesivo de poder y fuerza por parte de una o más personas hacia un chico o un grupo de chicos, considerados más débiles, en pos de la intimidación de sus víctimas. No necesariamente el Gordo Noboa era más fuerte que nosotros, pero puede ser que esa haya sido nuestra percepción por el temor que llegamos a tenerle.
De tales circunstancias, muchos recreos me sentía física y mentalmente expuesto a las posibles agresiones del roñoso. Era un venado congelado e inmóvil ante la luz de un trailer a alta velocidad en medio de la carretera. Califico gran parte de mi infancia y adolescencia como etapas de tristeza, de soledad, nerviosismo e introversión. Amo mi vida adulta, amé la universidad y no daría absolutamente nada por regresar al pasado, porque aprendí a disfrutar muchísimo de mi presente y no entiendo la vida de otra forma ahora
¿Pero, qué quería el Roña? ¿Por qué me eligió? Si nunca me metí con nadie. ¿Por qué el otro gordo, que me parecía inmenso e inmensamente afeminado, le hacía de acólito? ¿Por qué otros niños festejaban mi dolor, mi llanto, su burla? ¿Por qué no hice nada?
Posiblemente, no encuentre respuestas a estas preguntas. Sé que tuve suerte, sé que la vida ha sido generosa conmigo. Pero no siempre es así. Hay chicos que son o fueron víctimas del bullying y terminan mal. No sólo los varones son objeto de abuso escolar, también a las chicas les pasa, cuando se hace referencias crueles a las diferencias físicas, sociales, económicas, raciales. Una mezcla inexplicable de maldad, ignorancia, envidia y estupidez parece apoderarse de los agresores. Hay jóvenes y niños que soportan todo tipo de agresiones y frases hirientes que alteran lo que debería ser la correcta apreciación de su propia realidad. Este es el resultado de las manipulaciones, exageraciones y humillaciones que reciben que pueden acompañarlas por buena para de sus vidas.
Noboa pasó sus años de infancia persiguiendo a los que no eran ‘seguidores’, a los que se resistían a ser como él, a los que no ignoraban lo que él hacía, o a los que no acolitaban sus abusos, a los diferentes y no a los indiferentes, a los que sobresalían académicamente o que tenían principios morales que, probablemente, él nunca llegó a tener, porque no supo conocer el respeto como un límite necesario entre sus derechos y los de los demás.
Le estoy muy agradecido al fútbol. La pelota de fútbol me protegió de una forma que no entendí hasta años más tarde. En las eterna cancha de fútbol
Hace ocho años empecé la práctica de artes marciales. Llegué y me enfrenté a todos mis miedos y debilidades durante cada entrenamiento. No sabía que hacer ante un enfrentamiento físico. Sufrí una transformación radical que me llevó a escuchar frases cómo: 'Qué cambiado estás'. 'Te cambió hasta la mirada'...Las palabras de mi maestro fueron claras desde el primer día: 'Voy a convertirte en roca'... Lo logró y estoy eternamente agradecido por su ayuda, aunque ya no esté conmigo.
Considero vital que enfrentemos nuestro papel como adultos jóvenes o adultos experimentados y enseñemos, primero desde el ejemplo y luego desde la obligación moral, que la protección a los más débiles es la verdadera muestra de fortaleza, el verdadero liderazgo y una de las muestras últimas de la evolución humana.

Han pasado algunos años. Cambié mucho física, mental y espiritualmente. Soy el mismo siendo tan diferente. Soy el mismo, pero no soy igual al de ayer. Soy el mismo, pero no encuentro nada de lo que había en mi interior en esos años, solo encuentro al niño que siempre fui en verdad y el que nunca dejé de ser, pero que se puso una careta de miedo para protegerse de un abusón cualquiera. No tengo miedo a la confrontación en ningún campo. Sé que soy un hombre pacífico no porque no peleo, si no porque busco escoger la mejor solución siempre, no la más violenta. Soy pacífico porque teniendo opciones de resolver las cosas de muchas maneras, solo creo en el uso de la fuerza en instancias en que se vuelve absolutamente necesario. No tengo miedo del Roña.
¿Si me encuentro a Noboa que haré?


2 comentarios:
Muy buen tema. Muy buenas definiciones... Te felicito amigo.
La verdad me agrada leerte. sigue así. Bendiciones!
Muchas gracias por comentar, la buena onda y sobre todo el saber que les gusta o no es un aliciente para seguir escribiendo! Me encanta que posteen comentarios. Un abrazo!
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