jueves, 27 de octubre de 2011

1. De las cenizas al fuego

Nunca me sentí tan aferrado a la vida y tan cercano a la muerte. Nunca antes sentí tanto miedo y valor al mismo tiempo. Una inmensa serenidad me había llenado. Mi vida no estaba en mis manos. Estaba muy cerca de casa (a 20 metros de la puerta), pero tan lejos de lo que se podría llamar hogar, que sentí un poco de pena por mi mismo. Pensé en Natalia. ¿Cómo se iba a enterar que media hora más tarde de lo que fue una fría despedida de su parte, ya no estaríamos nunca más juntos? ¿Cómo imaginaría ella que yo podría morir sin pena, ni gloria en una esquina cercana a la Sexta, a pocas cuadras del centro de Rosario? ¿Quién le iba a avisar? ¿Si me mataban, que iba a pasar con mi cuerpo? ¿Cómo se enterarían mis padres, mis hermanos, mi abuela, mis amigos? No había comido. Yo y mi maldita boca. ¿Por qué tuve que hablar? Siempre hablo demás cuando estoy nervioso.

Habían pasado solo dos minutos, pero parecía una eternidad. Dos delincuentes juveniles, de los conocidos ‘pibes chorros’ que abundan en nuestra querida Rosario me tenían a su merced. Dos mal llamados ‘negros’, con facciones indígenas bien marcadas, ojos pequeños, cabello descolorido con agua oxigenada, mechones que sobresalían por atrás a manera de colita. Cubrían su cabeza con ‘gorritas’. Pistolas en mano, me apuntaban en el medio de la frente y en la sien izquierda. Ya me habían despojado de mi campera favorita, un celular Nokia algo estropeado, pero con unos mil mensajes que podían ser una perfecta bitácora de mi relación con Natalia. También tenían mi cadena metálica de tipo militar que tenía nada más, si no mis datos personales. ¿Para qué la robaron? ¿De qué les podía servir?

- ¡Danos la plata!

- ¡No tengo na-da de dinero! – Les dije muy molesto ante tanta insistencia e incredulidad. Ya no sabía como más mostrarles que no tenía nada más que ofrecerles, excepto el libro que estaba leyendo que, obviamente habían rechazado. Había incluso volteado los bolsillos hacia fuera para que viesen que no había salido con nada de dinero a la calle. Solo acompañaba a mi novia a la parada del colectivo.


- ¡El dinero, hijo de puta!- Dijeron mientras uno de ellos me empezó a rebuscar y el otro se alejaba con las prendas robadas.

Me habían insultado un par de veces. Insultado a mi madre, a mi forma de hablar diferente a la de ellos,… pero lo que más me molestaba era el insulto a mi inteligencia. Me había confiado demasiado. Vi al pibito que me apuntaba a unos metros de mí. No tenía más de 16 años, asustado y con un arma de fuego en sus manos. Lo había visto arrimado a la esquina de enfrente. El otro era un pibe mayor, pero con apariencia similar, estaba a pocos metros, subido en una moto, aparentando que iba a arrancar. El tránsito en la calle ese domingo, a las dos de la tarde era poco, pero habían por lo menos siete personas aparte de los dos delincuentes y yo. Me confié. Pensé que era el blanco menos probable, cuando en realidad era el más factible, al ser el único que iba solo. Ninguno movió un músculo. Tal vez sí, seguramente tragaron en seco. Pero aparte de eso, no hubo reacción alguna, ni antes, ni durante, ni después. En parte, lo entiendo. ¿Pero después?

- Ya te dije que no tengo dinero. Ya me quitaste todo, ¡ándate! ¿Ok?

- Vo’ no me decí a mí lo que tengo que hacé’


- Dime la verdad, ni siquiera tiene balas la pistola, no?


- ¿Querè’ probá’? – Soltó el pibe haciendo como que corría el seguro de la pistola.

¡Negro de mierda! ¿Para que tenía yo que preguntarle nada? Soy un tarado. Finalmente, se cansó de buscar sin encontrar nada más. Me gané una patada en la espalda que me arrojó al suelo. Se fue.

- ¡Andate a tu casa, corriendo y no me miré’ o te mato!

Me levanté despacio. No había apuro, no sentía que me iba a matar ya y el dolor de la espalda no daba para más. Me fui caminando lentamente, agradeciendo sarcásticamente a los vecinos que presenciaron la escena. No podían mirarme a los ojos, y no me dijeron nada. Estoy seguro que el sarcasmo fue mucho para esos pobres infelices que deben haber entendido menos.

Desde ese día, mi vida cambió.

No cambió a raíz del mal momento vivido. Tal vez si, pero no lo percibo así. Creo que simplemente, se sucedieron una serie de eventos que no esperaba y que me han obligado a tomar medidas, actitudes y acciones necesarias para adaptarme a nuevos retos.

Es cierto. Necesitaba muchos cambios, y los necesitaba urgentemente. Me estaba ‘achanchando’ como se dice por acá. Me acomodé demasiado a una situación que no solo que me incomodaba, sino que me estaba matando. Necesitaba otra cosa, ¿otra cosa?, otra vida, ¿más vivida?, necesitaba recuperar mi arte, mi mundo, mi visión de lo que la vida debe ser, mi forma de vivir, mi estilo y hasta mi humor. No estaba contento con como estaban yendo las cosas. Pero solo podía recaer la responsabilidad de lo que sucedía sobre una persona. Ahí estaba él: Lo saludé en el espejo.

No voy a decir que verme cercano a la muerte fue lo que me motivó a cambiar. Se que no fue una experiencia menor, pero diría que no fue eso. Simplemente, las cosas se dieron así. No hubo señal divina, ni magia en el universo. O mejor dicho: ¡Siempre estuvieron ahí! El universo nos manda señales para que hagamos de nuestra vida todo lo que debe ser, día a día, hora a hora. Solo que decidimos ignorarlas, no mirarlas, nos acomodamos y dormimos una siesta demasiado larga. No hubo una señal clara y concreta. Si uno mira atentamente, si observa con cuidado, si se permite escuchar y escucharse a sí mismo, todas las señales están con nosotros y en nosotros.

De repente lo recuerdas todo. ‘Había una vez en que fui interesante. Recuerdo cuando fui divertido, cuando las conversaciones duraban horas, cuando me sentía atractivo. Trabajaba duro, creaba, inventaba, imaginaba, soñaba… Me veo igual, pero me siento diferente. He dado demasiado y he recibido muy poco. Estoy cansado. Hay una nube negra sobre mi cabeza, un huracán aproximándose y un remolino con tempestad en mi gran vaso de agua’…Pero recuerdas todavía más. ‘Soy un fénix. Sigo siendo un fénix, siempre lo fui.’

Admito que los cambios son duros, pero que siempre me fascinó comenzar algo. Se siente mucho placer ante los nuevos proyectos, mucha ilusión. Pero también admito que es cada vez más duro volver a comenzar. Necesitamos afianzarnos en nuestros logros, en aquellas metas que perduran, en las conquistas que se sienten en la punta de nuestra lengua, en las yemas de nuestros dedos, en esas alegrías que te llena la pupila y te rozan la pituitaria. Necesitamos admirarnos en ese álbum de fotos mental que llevamos en nuestra memoria y al que acudimos cuando estamos muy felices, muy tristes o muy melancólicos.

Ya era hora de sacudirse el polvo, de levantarse del suelo, de poner un pie delante del otro y empezar a andar primero y correr después. Es momento de extender las alas y volar, sin cuestionar si podré hacerlo o no, si la gasolina durará. Volveré a volar, mientras dure el sueño. Siempre vuelo cuando sueño. Siempre que emprendo el vuelo empiezo a soñar.

Ha pasado más de un mes desde entonces. Me mudé a un departamento por el centro que comparto con un amigo italiano. Giosué. La convivencia es muy agradable, amena y tranquila. Natalia decidió terminar nuestra relación en lo que ha sido el golpe más duro que he tenido que recibir en el último año. Es un golpe duro, pero lo venía pagando a cuotas y así ha resultado más llevadero. La extraño mucho, no me voy a engañar. Me he escondido sus fotos, pero sé donde están y donde mejor se guardan es en mi memoria donde siempre las encuentro, intactas, nítidas, límpidas, casi perfectas, pero solo imágenes aisladas que no representan una realidad que es mucho más amplia y compleja

He vuelto a mi vida de soltero. No hay mayor misterio. Trabajo mucho, he recuperado un poco del tiempo perdido con mis buenas amistades, entreno tanto como puedo, y he vuelto a aquel camino que nunca terminaré de recorrer: el de la perfección. Estoy entero. Algo golpeado, algo herido, ‘sólo me duele cuando me río’ pero el estar entero, eso, cuenta muchísimo.

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